jueves, 26 de marzo de 2015

Diez meses de R1

Después de casi 12 meses siendo residente de Medicina Interna, son muchas cosas las que me han pasado, tanto en el hospital —guardias, rotaciones, sesiones, éxitos y fracasos varios— como fuera —amistades, viajes, descubrimientos de todo tipo—.

Si bien no sabría apuntar precisamente con el dedo qué es exactamente, si algo me queda claro es que hasta que no se trabaja como médico residente, no se sabe qué es. De estudiante se idealizan muchas cosas mientras que a otras se las teme, cuando a veces resulta que una vez en el ajo la percepción es al revés.
Por ejemplo, el temor del futuro residente a la responsabilidad abrumadora que caerá solitariamente sobre él. Esto depende de los sitios en los que uno acabe, pero lo cierto es que el R1 nunca está solo, al menos a efectos legales; y en un hospital medianamente cabal, raro es el momento en el que se ve con el peso de grandes decisiones sin que haya un residente mayor o un adjunto para asesorar.

La otra cara de la misma moneda es, quizás, la supuesta libertad que el estudiante cree que tendrá: uno piensa que igual que en el papel se le enfrenta en solitario a un paciente ficticio, una vez llegada la realidad, lo cierto es que muchas veces no tiene libertad real para decidir las pautas de actuación —y gracias a Dios, porque la inexperiencia es un grado importante—. Esto, si bien en muchos casos es relativamente tranquilizador por lo que hablaba de no estar solo, a veces es la espina que se le queda a uno clavada en según que situaciones. No siempre se está de acuerdo con las decisiones que toman nuestros supervisores —que si un antimicrobiano y no el otro, que si llamar ya al especialista de guardia o esperar, que si dar el alta o dejar un tiempo para que sea reevaluado posteriormente…—. Son sin embargo buenos momentos para la introspección momentánea: es bueno tener un criterio propio, pero se debe aceptar la propia ignorancia y no pecar de soberbia, que no es buena para uno, para sus relaciones con el entorno, ni mucho menos para los pacientes, que realmente solo acuden al hospital, con más o menos razón, para que se le solucione un problema, y no para suponer un reto intelectual o de habilidades sociales para el clínico de turno.

A pesar de todo, tras diez meses entre muchísimos médicos y otros profesionales sanitarios, uno se da cuenta de que la vanidad es un virus frecuente, no siempre presente, pero que a veces planea como una sombra. Prácticamente todos, en algún momento —con suerte más bien menos que más—, nos venimos arriba y decimos que realmente las cosas se hacen como nosotros decimos, que nos hemos leído tal guía, o tal artículo, o que nos ha enseñado tal persona, o que en el hospital en el que estábamos antes las cosas se hacían de otra forma.  En contraposición, las personas más experimentadas a veces pecan de infravalorar sistemáticamente a los que llevamos menos en la profesión, lo cual tampoco creo que sea positivo: en primer lugar porque no fomenta el aprendizaje, sino que desanima; y por otro lado porque los seres humanos, por suerte o por desgracia, somos seres de nuestro tiempo. Al clínico avezado se le supone actualizado de forma regular, pero a veces la experiencia propia sesga mucho las percepciones, ya no porque lo que veamos en un medio concreto no coincida con la tónica general, sino porque uno tiende a fijarse más en las cosas que más le impactan, o que más le atraen emocional o intelectualmente.

Otra cosa que se aprende trabajando es que, gracias a los prodigios de la Naturaleza, el cuerpo humano aguanta carros y carretones. ¿Cuántas veces no nos hemos equivocado los R1 con un tratamiento, o hemos dilatado el diagnóstico por no haberlo pensado bien o por no tener aún costumbre de tratar con un tipo determinado de pacientes y las patologías que les aquejan? Mil millones de veces, y en los primeros meses del verano, con casi total seguridad de forma mucho más frecuente; todo esto sin contar los casos donde es, por su presentación, difícil acertar a la primera, y uno se ve obligado posteriormente a cambiar el enfoque. Pues es rara la vez que acaba pasando algo verdaderamente grave: quizás un empeoramiento inicial que alerta sobre que hemos dejado un cabo suelto, en la mayoría de los casos que entran por Urgencias, una mejoría espontánea porque es lo natural: la inmensa mayoría de los procesos morbosos tienden a la resolución espontánea. Los procedimientos médicos habitualmente van dirigidos a aumentar la probabilidad de éxito, acelerar la curación o, simplemente, optimizar el control de síntomas y el bienestar relativo del paciente dentro de su convalecencia.

Como residente de medicina interna además te encuentras con algunos detalles más específicos de los que hemos decidido optar por esta especialidad. Esas advertencias en las que tanto insisten en las charlas de orientación son absolutamente ciertas:
  • Los pacientes y la sociedad en general no saben a qué te dedicas, y acabas por decir que eres «como el médico de cabecera, pero en el hospital, que sabe un poco de todo».
  • Nunca podrás aspirar a saber tanto de una especialidad concreta como el especialista —y quien se mete en Interna con esa idea, adolece lamentablemente de un grave error de concepto y de un alto riesgo de chocar estrepitosamente contra un muro inusitadamente grueso y pesado de frustración—.
  • La visión del resto de los especialistas sobre ti es altamente variable: los hay que agradecen la visión integral y los hay que piensan que eres el que no da para más, el que se enrolla con pequeñeces absurdas que no importan, y en algunos casos incluso el trepador arribista —muy «telenovelesco» todo— que quiere robar patologías a otros profesionales más merecedores de esos retos médicos.

Ahora, también hay muchas cosas buenas:
  • Si bien durante el primer año no se nota tanto con respecto a los compañeros, que reciben realmente casi la misma formación que uno, el enfoque de la interna es a ser versátil, a conocer y tener soltura en el manejo inicial de la gran mayoría de la patología médica que aparece por la puerta de urgencias.
  • Vas desarrollando una capacidad de atención a varios frentes a la vez. No solo se está atento al problema principal del paciente sino a todos los factores concomitantes que alteran la evolución del mismo, desde el control glucémico hasta la calidad del sueño. Una co-R me dijo un día que yo estaba bastante desanimado una frase que me gustó mucho, y es que «mientras que otros son especialistas en un sistema concreto, el internista es especialista en el paciente». Y es cierto: si bien todavía me queda por ver un especialista totalmente desconectado del contexto general del paciente, algunos están más atentos que otros a los detalles y posibles causas distintas a las evidentes.
  • Dependiendo de dónde estés, y en mi hospital pasa así, llegas a ver casos bastante interesantes, con un diagnóstico diferencial amplio, intelectualmente estimulante, que te reaviva las ganas de estudiar con la curiosidad del estudiante de los primeros cursos de Medicina.
  • Hay subespecialidades interesantes dentro de la especialidad: autoinmunes, infecciosas, hígado, enfermedad tromboembólica, riesgo cardiovascular… De nuevo, dependiendo de dónde acabe uno y, sobre todo, cómo se lo monte, puede acabar decidiendo dedicarse en más profundidad a un subconjunto de la amplísima gama de enfermedades que caen bajo el paraguas de la medicina interna.

La vida de residente supone un gran cambio con respecto a todo lo anterior, no digamos ya si uno se independiza en el ínterin. Entre guardias, responsabilidades personales y estudio, ya no es todo fiesta y libertad cuasi absoluta. Una enseñanza en retrospectiva ha sido que la vida de estudiante ¡hay que aprovecharla! Estudiar, sí, pero sin que esto le consuma a uno los mejores años de la juventud. Ahora bien, cobrar dinero propio, ganado por uno mismo —valga la redundancia— da una libertad más que refrescante: es el momento de plantearse aprovechar bien el tiempo libre, hacer los viajes que siempre se ha querido sin poder, comer lo que uno quiere y como quiere, ir al cine o al teatro cuando quiera.

También es un genial momento, evidentemente, para ampliar el círculo social: en el hospital hay un montón de gente maravillosa, no solo entre los co-Rs; y si con la residencia se viene también una mudanza, no solo del ámbito laboral se debe vivir: Hay que intentar aprovechar para cultivar, como decía antes, esas aficiones que solo se pueden hacer en el tiempo libre y que le dan a uno no solo un respiro y aseguran su sanidad mental, sino que lo hacen a uno intelectualmente más rico y versátil —ya sea leer, jugar al pádel, ver series, jugar a juegos de rol, hacer excursiones gastronómicas y probar de aquí y de allá—, y en el proceso siempre se puede conocer gente nueva que añadir a nuestros conocidos y —¿por qué no?— a nuestro círculo de amigos.

Tras diez meses como residente, no todo es positivo, ni mucho menos es negativo, como todo en la vida. Hay claroscuros, por lo que, precisamente, incorporarse a esto de ser médico no es ni walking on sunshine, como dice la canción, ni un valle de lágrimas. El balance, sin embargo, es francamente positivo: crecer como persona a través de caricias y bofetadas de realidad a partes iguales, aprender medicina de la de verdad, sentir que todo lo que uno ha estudiado sirve realmente para algo, tratar con personas reales y tener el inmenso privilegio de que te hagan partícipe íntimo de sus momentos difíciles y te permitan poner en práctica tus conocimientos, ser económicamente independiente, hacer amigos… Hacerse residente, para los médicos, a los que la carrera tan larga en muchos casos nos condena a ser adolescentes más tiempo del habitual, es un paso hacia la verdadera adultez, y el comienzo de la vida propiamente propia.


A todos a los que les queda próxima la temida elección de plazas: mucho ánimo, mucha suerte, y pase lo que pase, estarán bien. Si alguno acaba apareciéndose por el Puerta de Hierro, ¡bienvenido de antemano! 

2 comentarios:

  1. Aquí habemus nueva R1 jajaja, pero no de interna (ni loca)! Me alegra descubrir otro blog de residente! No nos veremos por el Puerta de hierro pero seguro que más veces en esta burbuja llamada blogosfera. Que todo te vaya bien en la transición a R2!! Un saludo!

    Deb Pita

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  2. Me han encantado tus reflexiones! Ganas una seguidora, estudiante de sexto, pero con blog de viajes 😂 Un saludo!

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